Encuentros en la tercera base (jurídica)

El Reglamento Europeo de Protección de Datos detalla en su artículo 6 una lista de bases jurídicas que permiten el tratamiento de los datos (eso sin contar con los supuestos del art 9 en el caso de datos especialmente protegidos). Son las que ya a estas alturas comienzan a sonar; el consentimiento del interesado, el cumplimiento o ejecución de un contrato, el interés público, el cumplimiento de una obligación legal, el interés legítimo del Responsable, el interés vital de la persona y se acabó el asunto. Para que quede más claro podemos decir que eso de las bases jurídicas que legitiman el tratamiento vienen a ser algo así como el “Por qué estoy tratando datos”.

Yo entiendo y me hago cargo que el RGPD es un tostazo y que siempre es más divertido dejar volar la imaginación. Hay que dejarse llevar por las señales que nos indican el verdadero camino, sólo hay que creer, al igual que Richard Dreyfuss, y llegaremos a la tercera fase. Allí nos esperan otras bases para el tratamiento de datos: bases jurídicas dignas de un ejercicio de fantasía del mismísimo Spielberg o Bases Que Me Fabrico (BQMF así en plan guay). Verán que no están solos en esto, que entre ellas se encuentran algunas de las más extendidas y empleadas a la hora de justificar un tratamiento de datos sin tener que sujetarse a las que aparecen en el citado artículo.

Desoigan a las autoridades y abróchense el cinturón porque a continuación y sin más dilación, paso a enumerarlas (sin que sea por orden de preferencia):

Pues esta otra empresa lo hace: Sin duda, una de las grandes bases jurídicas de tratamiento de datos y, si me lo permiten, una de mis favoritas. Lo que hace el vecino siempre tienta y nos lleva a preguntarnos por qué somos tan tontos que no hacemos lo mismo. Da igual que su asesor legal le recuerde que no se encuentra entre las bases del mencionado artículo 6 mentando aquello de ‘’Y si Fulanito se tira por la ventana…” que nuestras madres tanto nos decían. ¡No le haga caso a ese agorero! Aquello de culo veo, culo quiero es más que aplicable a la protección de datos.

Lo malo es que te puede pasar como al gimnasio sancionado por establecer un control de acceso mediante huella dactilar para sus clientes, sirviendo así de ejemplo para que aquellos a los que copiaste vayan poniendo sus barbas a remojar.

Es como si fuésemos la misma empresa: Engañarse a uno mismo mirándose al espejo y diciendo “qué guapo soy” funciona también en la protección de datos.

Veamos el supuesto práctico: En la misma sede hay tres empresas, cada una con su CIF y distinto epígrafe de actividad, cada una con sus créditos y subvenciones solicitados por separado, disfrutando individualmente de ciertas ventajas… pero a la hora de tratar datos resulta que son una sola. Sí, y Leonardo di Caprio seguro que cabía en la tabla con Rose, pero la cosa no es tan fácil.

Soy consciente de que es tentador querer operar como un grupo – cuando a veces ni si quiera se es realmente un grupo empresarial- y disfrutar de las ventajas de estar en la misma sede, compartir empleados, administradores, tener un servicio contratado por una empresa que sirva para todas, el mismo programa contratado por una pero utilizado por todas, los equipos y licencias adquiridas por una pero usados por empleados de otra…

Peeeeeeeeero a estas alturas de la partida ya sabemos que tantas ventajas algo malo deben de tener y es que la Agencia de Protección de Datos sólo está para fastidiar.Y ahí precisamente es dónde se quiere meter el Reglamento. No quiere trampas: si contrato con la empresa A, la empresa B a mí no me conoce de nada, y así debe seguir siendo. A no ser que juegues las cartas del consentimiento por ejemplo, pero no suele ser una opción que guste mucho.

¿Cómo que no puedo?: Desde luego. Que jamás le quiten la ilusión. Si uno quiere, puede.

Sin duda, ésta es una de las más castizas y representativas del espíritu nacional. Esta base jurídica supera a cualquier otra. Jugar esta carta supone ganar la partida, a no ser que aparezca el Demogorgon de la Agencia de Protección de Datos. En ese caso, tendrás que salir corriendo a pedir ayuda al Sherif-Consultor que te dirá algo así como “yo ya te avisé” el muy cobarde…

Con esta base jurídica cabe, por ejemplo, colocar cámaras de video vigilancia en una oficina para ver el cogote de los afanados empleados a los que no les queda más remedio que teclear sin descanso so pena de ser vistos bostezar. Porque, total, los empleados no se quejaron y para qué vamos a leer los informes de esos chupatintas de Bruselas y del Grupo de Trabajo del art 29 sobre el consentimiento libre y voluntario en el ámbito laboral. O para qué vamos a preguntarnos sobre el juicio de ponderación en un tratamiento basado en el interés legítimo. ¡Eso se supone que ya lo hace la consultoría que nos bonificó formación para hacernos esto gratis! Claro que sí… claaaaaro, ay, mira, mira, un unicornio!

También puede servir para colocar cámaras en un bar o una frutería sobre la justificación de “quiero saber quién entra y sale” o “tengo derecho a saber lo que pasa”. Y claro, en esto también tiene algo que ver que, en materia de vídeo vigilancia, se han puesto a instalar sin la formación y el conocimiento adecuado hasta los apuntadores. Y que vivimos rodeados de cámaras… pero de esto ya hablaré otro día.

Bueno, pues de nuevo resulta que lo de la vídeo vigilancia no va de esto y que lo de la protección de datos, tampoco. No, para esto no se instalan sistemas de vídeo vigilancia. Los clientes y trabajadores no son ganado a los que se puede espiar a través del móvil desde la playa sólo porque han entrado en mi propiedad y -al más puro estilo texano-quiero controlar mis posesiones. Recuerde que esto es la civilizada Europa y aún tenemos normas para evitar el progreso.

El comodín del público: Si a pesar de todo sigue sin verlo claro, siempre puede jugar una última baza para llevar a cabo ese tratamiento de datos de la forma que mejor le parece. Sea valiente, agarre el toro por los cuernos y trate de convencer a su asesor para que termine comulgando con ruedas de molino. Luche contra él. No es más que un maldito Jedi de la protección de datos, un tipo extraño que tiene entre sus heroínas a una tal Ann Cavoukian. Exprímalo hasta que acabe dándole la razón en aquello de lo que está convencido que es así, o dele la vuelta a la tortilla y rice el rizo todo lo que pueda para tratar de colársela e implicarlo en la aventura. Porque en el fondo sabemos que se masca la tragedia y, si tenemos que ir al infierno, siempre es mejor ir acompañado que solo. Aunque sea para poder echarle la culpa a alguien llegado el momento.

Felices vacaciones.

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